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Por Máximo Peña (*)

Irse del país de origen es salir de uno mismo. Se cambia de territorio, pero el territorio lo cambia a uno.

Y no se trata de renunciar a lo que somos: se trata de hacerlo más complejo.
La clave, quizás, esté en el concepto de “learning agility”, la capacidad de desaprender lo que antes nos servía, y de reutilizar lo que sabemos, dándole un nuevo significado.

La inmigración, cuando es forzada, es una experiencia susceptible de ser vivida desde el victimismo y la queja. Pero la inmigración también puede convertirse en un escenario privilegiado para el desarrollo personal y la reinvención de uno mismo.

Aunque nunca seremos una persona por completo distinta a la que solíamos ser, antes de abandonar el lugar de origen, el cambio personal es posible e, incluso, inevitable. Uno cambia de territorio, pero el territorio lo cambia a uno.

Ser y no ser la misma persona

Salí de Venezuela, por voluntad propia, a principios de 1999, quince días antes de que Hugo Chávez asumiera la presidencia. Partí rumbo a Londres, con el objetivo formal de estudiar inglés. Al año siguiente (2000), elegí quedarme a vivir en Madrid. Soy y no soy la misma persona.

Ahora comprendo, por mi propia experiencia, que somos inexplicables sin el contexto que nos rodea (y moldea). Si ese contexto cambia, nosotros cambiamos con él. Pero no se trata de renunciar a lo que somos: se trata de hacerlo más complejo. Para mudar la piel no es necesario cambiar los huesos. Irse del país de origen es salir de uno mismo.

Pero no se trata de renunciar a lo que somos: se trata de hacerlo más complejo. Para mudar la piel no es necesario cambiar los huesos.

Conozco a una periodista que, a causa de la inmigración, ahora utiliza las manos -en vez de teclear- para ayudar a sanar con la práctica de Reiki; a una filósofa que, en lugar de razonamientos, cuece panes; y a un médico que repara válvulas de motores de motocicletas, en vez de corazones.

Y ninguno, que yo sepa, se siente fracasado. Todo lo contrario, piensan que su nueva vida los ha enriquecido como personas.

El éxito de la inmigración es sentirse en casa

El proceso de adaptarse al nuevo país se facilita si el inmigrante es curioso y sensible, y se deja envolver por los paisajes urbanos y espacios naturales que encontrará a su paso.

Al igual que se tenía un vínculo emocional con ciertas geografías de la tierra de origen, la inmigración conlleva la formación de nuevos lazos vivenciales con paisajes y territorios. Quien decía Margarita o Mérida, ahora dice Mallorca o Galicia.

El éxito del que se va, más allá de lo profesional o económico, que incluso, valga la paradoja, puede empeorar, consiste en lograr insertarse en la nueva sociedad, es decir, en sentirse a gusto, como en casa.

El autor es Máximo Peña, Psicólogo, radicado en Madrid.

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“Irse del país de origen es salir de uno mismo”, dice Máximo Peña. Foto: Pixabay