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Por Milagros Durán

El reloj marca las 10 de la mañana. Hace un día soleado y caluroso, como casi todos los días del año aquí. El viento ha revuelto mis cabellos y no me importa. Estoy caminando sobre las dunas de los Médanos de Coro. Más allá, un niño de unos 7 años, sin dientes, se deja caer rodando desde una duna más alta, viene rodando cuesta abajo, como si fuera un tronco de un viejo árbol. Me siento como una niña, jugando a que ando en una expedición peligrosa.

El viento sigue la fiesta con mis cabellos. Mis pies se van hundiendo despacito en las cálidas y finísimas arenas, color amarillo tostado. Cómo pueden ser tan pequeños éstos granos de arena! Cuántos millones de granos hicieron falta para hacer posible, este monumental prodigio natural. Son enormes éstas dunas. Recuerdo cuando visité este lugar, hace un montón de años con una tía, y ese día el viento estaba tan furioso que hasta rugía como una fiera.

Cuando estas allí, en medio de la nada, tienes la impresión de estar en el mismo desierto de Sahara, al otro lado del planeta, pero no! esto es Venezuela, un país de clima tropical, donde la naturaleza tuvo el capricho de hacer una especie de parque temático a imagen y semejanza del mítico desierto de Medio Oriente…donde en vez de nómadas y camellos; hay venezolanos y chivos, muchos chivos.

Cuando el viento sopla con fuerza, las dunas pueden moverse peligrosamente, incluso pueden “sepultarte” en cuestión de minutos. Y cuando sabes eso, sientes un corrientazo en la espalda. Las cosas muy bellas también pueden matarte, como las pasiones intensas. Las dunas son escandalosamente hermosas y peligrosas. Hay que tenerles respeto, del mismo modo que le tenemos respeto al mar.

A veces tengo sueños un poco extravagantes con el regreso a Venezuela. Porque en medio de la aventura onírica, después de tantos años de ausencia, regreso pero siendo una niña. Me veo caminando en el cerro El Ávila, como solía hacerlo los fines de semana, cuando subíamos para respirar aire puro. Me veo comiendo duraznos y fresas en la Colonia Tovar, un pueblo de inmigrantes alemanes, anclado en las afueras de Caracas, que conserva su cultura y su gastronomía germánica.

Es una constante… el inmigrante sueña con el regreso. La añoranza es un canto de protesta contra la realidad. Una dulce gota de agua en el desierto.

Cuando llegue el día señalado, no voy a poder contener las lagrimas cuando pise el suelo que me vio nacer. Iré a visitar el pueblo donde nací, Mene Grande, en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo, para abrazar a mis familiares y visitar las tumbas de los que partieron. La vida es un viaje breve, misterioso y fascinante.

Voy a subir a El Ávila de nuevo, y voy a volver a los Médanos de Coro, pero también voy a ir a esos lugares a los que nunca fui, como isla Los Roques y La Gran Sabana. Me imagino sentada, en lo más alto del cerro Autana, escuchando el silencio infinito del universo.

La distancia nos hace soñar con lo posible y lo descabellado. Al fin y al cabo, los sueños y la fe son las tablas de salvación… contra la tristeza y la locura.

Los Médanos de Coro, esto es Venezuela, un país de clima tropical, donde la naturaleza tuvo el capricho de hacer una especie de parque temático a imagen y semejanza del mítico desierto de Medio Oriente. Fotos Flickr