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Por Mirta Cavo

La lluvia siempre es un intruso.

Cae como bosque.

Atraviesa la sed.

El cielo del hambre.

Grita la infancia.

La rayuela, el barrio.

Ay, la lluvia y su lejos.

Viejas barcas olvidadas.

Hebras de agua, piel y huesos

han urdido el azar de los años.

La lluvia,

pájaros de frío.

Espera que no espera a nadie.

Rio que arrastra otros soles.

Universos de papel.

Sombra de todas las manos.

Las lluvias rompen máscaras.

Todo es verdad, lago blanco.

Dicen quien no somos.

La niebla, la fe, la confianza en la rosa.

Del otro, el llanto.

Dijo mi padre:

“confía,

los dioses abrirán camino,

aprende y vive,

como en un infinito regreso

de un siempre ir llegando,

hasta que el ángel diga basta”

Así, la razón y la voz de mi padre.

Ahora, cambiando de tema,

por suerte vos amor.

Y tus manos.

Por siempre vos amor.

Y la luna bella y nunca en vano.

Hace frío.

Hace ya tantos otoños.

Y esa calle herida de jacarandas en flor que fuimos dejando.

Escampa.

Han vuelto los pájaros.

Señal.

Azul.

Karma.

Tres veces dirás te amo.

Y tres veces, como a Él, te iré negando.

Astillada.

Sin voz.

Entre la gente, lejos y la lluvia, incomprensible.

Confirmándonos.

Ay, los milagros.

Causalmente

tus ojos,

tus ojos,

tus ojos,

vida a vida

anunciación y verano.